El sistema democrático de partidos por el que se regían no funcionaba, pues cualquiera con un poco de iniciativa podía hacer su propio partido para recibir presupuesto del gobierno. La cantidad sin control de partiditos provocó que la política no funcionara del todo, pues los políticos de distintos partidos no sólo se oponían al trabajo de los otros partidos, sino también al de los políticos en sus propias instituciones. Se traicionaban y vendían al mejor postor. Cambiaban de partido como de calcetines. Y las ideologías eran lo de menos.
Los policías trabajaban para el crimen organizado, los ciudadanos contrataban a criminales para tener seguridad. Las mafias financiaban a los políticos. Los ciudadanos de a pie mataban para conseguir plaza en algún puesto de gobierno. La corrupción era tal que terminó por incendiar al país.
Estalló la revolución. Fue la más sangrienta de la que se tuviera registro. Nadie confiaba en nadie, la mayoría no sabía ni por qué peleaba. Los distintos bandos peleaban entre sí o se aliaban al azar, a veces hasta con sus peores enemigos para poder contraatacar a un supuesto amigo. Ser un militar o estratega exitoso era lo peor pues los celos y envidias de los superiores bastaban para ser mandado fusilar. Las fracturas y divisiones en las tropas de todos los bandos, provocaron que de un momento a otro hubiera más de mil distintos movimientos revolucionarios en toda la nación. Todos peleando por lo mismo y lo contrario que el otro. Pero sin confianza era imposible establecer alianzas de ningún tipo.
Después de diez años de una sangrienta lucha el panorama era desolador. El treinta por ciento de la población, entre ellos la mayoría de los antiguos políticos, caciques, líderes sociales y empresarios del viejo régimen, había perecido o huido del territorio nacional.
Finalmente los más de mil líderes de los distintos ejércitos y grupos guerrilleros se pusieron de acuerdo para convocar a una gran asamblea donde se constituiría un nuevo pacto social por medio de una nueva constitución y se acordaría el nuevo sistema de gobierno.
A los pocos meses de la asamblea nacional se lograron hacer acuerdos laborales, agrícolas, judiciales, penales, etc., pero aún no se resolvía lo más importante. Fue hasta que la comandanta Celia, líder del Escuadrón 6 de Julio, subió al pódium y habló sobre la confianza perdida, que los más de mil representantes reaccionaron y le entraron de lleno al debate verdadero. Esta discusión causó el primer gran desacuerdo de la asamblea, dos grandes bloques con igual número de representantes se formaron. Uno, Los Vigilantes, defendía la postura de que sólo a través del escrutinio absoluto de todos y cada uno de los ciudadanos se podría reconstruir la confianza nacional. El otro, el de Los Terapistas, alegaban que debía convocarse a un dialogo nacional para alcanzar una genuina reconciliación y así recuperar la confianza perdida. Para los segundos, la propuesta de los primeros de instalar cámaras en todas partes, incluso dentro de las casas de todos los ciudadanos, no sólo era absurdo sino imposible, ¿Cuánta gente se necesitaría para monitorear lo que sucedía en toda la nación? ¿Y quién vigilaría a los que vigilan? Pero de igual manera era absurdo para Los Vigilantes el sólo imaginar a la nación entera yendo a círculos ciudadanos a mantener diálogos en confianza y reconciliación. ¿Cuantos terapistas serían necesarios para coordinar dichos encuentros? ¿Quién mediría la efectividad de las terapias para reconstruir los niveles de confianza?
Pasaban las semanas y la discusión parecía no tener final, todo indicaba que no se llegaría a un acuerdo y el temor generalizado de que estallara una nueva guerra civil hizo temblar a la nación entera. Pasó que un día subió al pódium el capitán Carlitos, líder de un pequeño movimiento, Guerrilleros de la plaza la Conchita, que nunca había pedido derecho de audiencia en la asamblea. -Tengo una propuesta distinta. -dijo con voz tímida- Propongo que instalemos las cámaras y la vigilancia...-estalló un barullo entre Los Terapistas- pero solo en una casa -la asamblea calló -la del que sea elegido presidente de la nación. Vigilemos sólo la punta de la pirámide. Transparentemos su trabajo al máximo, que no se nos oculte ni un detalle.
Después de la original propuesta, la discusión tomó muchas veredas. Algunos alegaban que si se hacía pública la vida del presidente, serían expuestos al intervencionismo extranjero. Pero los que defendían la propuesta del capitán Carlitos, alegaban que los líderes del ejército subordinados al presidente podrían mantener la privacidad necesaria para mantener la seguridad nacional.
En pocas semanas se lograron afinar los detalles de la propuesta para incluirla en la nueva constitución. Fue votada por la asamblea y aprobada por el pleno.
Los habitantes de aquel país recordarían ese día por siempre. A la nueva ley se le bautizó como la Constitución de la Confianza.
Se convocó a elecciones y simultáneamente se mandó construir un palacio de cristal que sería la nueva casa de gobierno. Se instalaron las cámaras y la vigilancia como disponía la nueva constitución. Pero hubo una nueva sorpresa pues pasada una semana no había todavía ningún candidato registrado para contender por la presidencia. Nadie quería vivir expuesto al escrutinio total del pueblo.
Se convocó a un nuevo encuentro de los líderes nacionales para solventar la crisis, a las pocas horas se llegó a la conclusión que quien fuera presidente era lo de menos, pues la efectividad del gobierno se basaría en la vigilancia del pueblo a su gobernante. Decidieron que todos los miembros de las asambleas fueran candidatos y que la nación decidiera cuál de ellos sería el nuevo presidente.
El resultado de la gran elección no sorprendió a nadie: el capitán Carlitos ganó avasalladoramente, sólo seguido por la comandanta Celia.
Se estableció entonces la Federación Revolucionaria Cristalina, con su primer ciudadano Carlitos, quien comenzó a gobernar la nación y habitando por supuesto el recién estrenado palacio de cristal transparente.
Pensé tanto en el destino de esa pobre creatura sin privacidad ni intimidad. ¿Podría acaso llevar una vida familiar como la de cualquier otro? Pregunté a mi amigo, -no lo creo-, me dijo.
Rodolfo, continuó narrándome la historia de cómo el presidente Carlitos fue reelegido, contra su voluntad sendas veces, su nación se volvió prospera y alcanzó una verdadera era dorada. La ciencia y tecnología avanzaron a tal grado que se lograron grandes descubrimientos como el lector de mentes del doctor Laporta, con el cual se consiguió vigilar al presidente no solo en sus dichos y hechos, sino hasta en sus propios pensamientos...
A partir de ese momento no pude seguir poniendo atención a la narración de mi amigo Rodolfo. Una profunda lástima me invadió al pensar en el destino de aquel pobre hombre tan pequeño, tan expuesto y vulnerable tuviera que velar y sufrir por toda una nación, sirviéndonos como el más bajo de todos los esclavos. Convertido en una especie de pequeño hermano, al que todos vigilamos. De pronto sentí que podía llegar a amarlo.

