Abstract
El ensayo propone una visión crítica de algunas posturas y planteamientos sobre la manera en que la región latinoamericana se ha mirado y se ha analizado a si misma a lo largo del siglo XX y, en especial, durante el florecimiento de la teoría social y crítica latinoamericana. Desde la teoría estructuralista de la CEPAL hasta el enfoque de la dependencia y las propuestas socialistas, se discuten las formas más notas históricamente de interpretar el vínculo externo y la inserción internacional de América Latina, caracterizadas, entre otras cosas, por la presencia de caracteres populistas y retóricas anti-imperialistas. Se profundiza en algunos ejemplos traídos de la historia chilena y mexicana, con un enfoque que trata de enmarcar el debate para toda América Latina. El caso del experimento cibernético de Salvador Allende en Chile, los sistemas de gestión integrada de las empresas, la teoría del mercado perfecto, el populismo del sexenio de Echeverría y las visiones neoclásicas del desarrollo son ejemplos que evidencian los límites que unos lentes sucios plantean al análisis social y a las interpretaciones que proponen soluciones abarcadoras y totalizadoras a los problemas de control social y político. Asimismo, los conceptos de “occidentalismo” y populismo se utilizan como ejemplos para destacar la recurrencia de ciertos procesos y fenómenos políticos y sociales, así como de las maneras para interpretarlos: se establece, entonces, una comparación entre distintos “mundos” como son el Oriente medio actual, la Europa de la década de los treinta y América Latina en distintas etapas de su historia.
Introducción
El artículo analiza las formas en que desde América Latina se han planteado e interpretado la relación externa, la colocación de la región en el mundo y el problema/reto del desarrollo, pasando por unas evidencias significativas en los casos chileno y el mexicano. Centro-periferia, dependencia, estructuralismo, populismo y occidentalismo constituyen los términos de referencia que ejemplifican posturas e interpretaciones recurrentes. Se plantea un desafío para las ciencias sociales latinoamericanas con el fin de que pueda mejorarse y abrirse cada vez más el sistema de “lentes” con que se forjan las visiones y los enfoques sobre la realidad social, política y económica.
América Latina frente al espejo: dependencias, determinismos y discursos
La manera en cómo la región latinoamericana, aún con sus confines flexibles, ya sea geográfica, ya sea culturalmente, se ha mirado y se ha analizado a sí misma representa un hito común en distintos países y diferentes épocas. Ello plantea una hipótesis importante acerca de las pautas más aceptadas y difundidas, tanto en el discurso político como en la opinión popular, para explicar cómo y dónde Latinoamérica está (o bien, para marcar líneas de acción política y discursos legitimadores, sobre cómo y dónde tendría que estar) en el mundo, ya se trate de su posición geopolítica o de su presencia e influencia económica con respecto a los “centros”.
Justamente en la metáfora espacial de “centro–periferia” está la dualidad, o sea, la hipótesis de que hay una tensión eternamente repetida en cada época y en distintas formas entre dos polos invariablemente contrapuestos y orientados al choque o, más pragmáticamente, destinados a la sumisión de una parte por la otra, según postulaban los estudios de la corriente estructuralista, promovida por los trabajos de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina en la Organización de las Naciones Unidas) y de Raúl Prebisch para llenar el hueco entre las doctrinas económicas vigentes y la realidad regional latinoamericana (Halperín, 2008: 15 – 19) .
Por ello, a partir de una estructura de la economía–mundo que se percibe como a-histórica e inamovible, hubo tendencias académicas y sociológicas en América Latina que fueron más allá de los análisis de Braudel y de la escuela de los Annales sobre el movimiento constante, pero lento, que se puede medir solamente en los largos plazos de los tiempos históricos. Son desplazamientos, son lentas conformaciones de nuevos centros y decadencia parcial o relativa de los antiguos, que protagonizan las regiones desarrolladas, las de punta en tecnología y dinamismo, del capitalismo mundial junto con las zonas emergentes, que eran antes unas periferias simples del sistema, como proponen los trabajos mencionados (Braudel, 1979).
Desde el subcontinente se planteó, más bien, la idea de que la situación efectiva en que se estaba era inamovible, ya que el centro era un elemento fijo en la historia y, además, necesitaba de una periferia para explotarla y seguir desarrollándose. En este sentido, la historia tenía una tendencia al retorno y era una secuencia de fracasos debidos a la estructura de la economía mundial, por lo cual se ponían a un lado, implícitamente, los progresos y los alcances efectivamente conseguidos por unos países o sectores de éstos. Es ésta una espiral negativa de retorno de círculos viciosos que él llamó “fracaso manía” (Hirschman, 1996: 656), es decir, miedo, percepción u obsesión hacia el fracaso: ello denota una tendencia al uso y abuso de metáforas pesimistas y deterministas con respectos a los destinos del mundo, del desarrollo, de la economía y una tendencia a aplicar explicaciones abarcadoras.
Por otro lado, la idea del choque sistémico o revolucionario para la subversión del sistema capitalista y la instauración de una economía declaradamente socialista, aunque algo indefinida y oscura en sus posibles aplicaciones prácticas, en América Latina o en el mundo (según diferentes vertientes teóricos), la cultivaron los integrantes de la corriente marxista de la llamada “teoría de la dependencia”. Representantes de esta corriente tales como Rui Mario Marini, Vania Bambirra y Theotonio Dos Santos se distinguieron de sus antecesores estructuralistas que podríamos definir con razón “más reformistas” y comprometidos con el sistema económico y político vigente.
En cambio, los dependentistas optaron por defender una postura más radical, frente a décadas de intentos y (parciales) fracasos en la carrera de la industrialización y del desarrollo según las pautas “internacionales” y las falsas teorías del goteo, originadas en Estados Unidos y precursoras de la vulgata neoclásica. Entonces, luego de la degeneración autoritaria de los regimenes militares en el Cono Sur a mediados de los años sesenta, se sostenía que ya ni el fomento a la industrialización ni las políticas de sustitución de importaciones (ISI) podían servir para podernos desarrollar y romper la dependencia (Love, 2004: 140).
Además, el planteamiento del dependentismo, situado a la “izquierda” del estructuralismo de la Cepal y, a su vez, distinto del marxismo clásico en sus corrientes “europeas”, hegemonizadas por el Partido Comunista Soviético, desembocaba y sigue haciéndolo, gracias a las teorizaciones del neodependentismo post Guerra fría, hacia giros radicales y totales de los sistemas económicos y políticos: desde la implementación del socialismo en un solo país o subregión latinoamericana hasta la reactivación de un “comunismo indígena” originario.
Frecuentemente estos discursos eran utilizados por interlocutores oficiales e institucionales, más bien, como una fuente teórica de legitimación: ejercían suficiente fascinación y tenían utilidad por su estructura, organizada según secuencias lógicas y estadísticas verosímiles y académicas. Finalmente, se desvirtuó y domesticó su potencial para, en cambio, apoyar retóricas y praxis de control estatal de los recursos nacionales y “soberanos”, con tal de acercarse a una “verdadera independencia” desde los intereses foráneos, especialmente los estadounidenses, y a un “ideal” de república, ya sea socialista, revolucionaria o popular que, sin embargo, podía reconciliar, de alguna manera, tanto los intereses de las viejas elites agrarias como los del naciente sector capitalista–industrial y las reivindicaciones populares (Landes, 1999: 492 – 493).
Gracias a la creación de esta suerte de capa legitimadora de la intervención estatal (de origen keynesiano, pero con una peculiar conjugación para América Latina, con tintes más antiimperialistas) por encima del mercado clásico e incluso de la democracia liberal a la “occidental”, se implementaron sistemas con rasgos cada vez más autárquicos en lo económico y autoritarios en lo político. Asimismo, la CEPAL y, luego, la escuela de la dependencia, entendida como corriente teórica y como poderosa metáfora literaria, expandieron significativamente su influencia académica en el subcontinente. Al mismo tiempo, al ser sus teorías adoptadas y asimiladas por el discurso oficial, fueron perdiendo una parte de su fuerza “revolucionaria” o de cambio frente a las grandes masas populares, las que recibían, más bien, las simplificaciones y propagandas de sus elites políticas y mediáticas. Con respectos al mundo llamado “desarrollado”, se constituyeron también como un importante contra–flujo de tipo ideológico al mainstream estadounidense y europeo que, hacia el exterior, solía prescribir políticas de desarrollo basadas en credos aperturistas y enfoques monetaristas (Landes, 1999: 510 – 511); diríamos, “socialdemócratas hacia adentro, inflexibles conservadores hacia fuera”.
Esta expresión representa una realidad tangible y una percepción común en muchos países latinoamericanos con respecto a las políticas exteriores de las ex potencias coloniales y de los nuevos jugadores globales, los cuales pueden afectar y determinar en buena medida el curso de la economía mundial, trátese de países enteros, de empresas legales como las corporaciones multinacionales, el crimen organizado (como, por ejemplo, la Camorra napolitana y los cárteles mexicanos), o bien, instituciones como el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial. No obstante, históricamente, a partir de ciertas evidencias e interdependencias asimétricas entre países, intereses y sectores de las sociedades latinoamericanas y externas a la región, se justificó e instrumentó, a menudo, un discurso político y periodístico que pasaba por alto la realidad y las responsabilidades internas para desembocar en retóricas antiimperialistas tout court y en prácticas nacionalistas de fachada que producían enemigos y no levantaban el destino económico y social de los países involucrados.
Capitalismo y estado cibernético: lentes sucios
Hay muchos ejemplos interesantes de la aplicación de políticas abarcadoras, con la pretensión fallida de tener un control generalizado de recursos y personas, tanto en el manejo de grandes conjuntos sociales, como los países, como en la gestión las empresas modernas. La misma idea del mercado como única fuente de control de la economía y, por esa vía, de la sociedad resultó ser vana e instrumental.
Un caso poco conocido es el chileno. Una idea utópica estrictamente relacionada con la posibilidad de una supervisión y una gestión total de la economía nacional, interpretada “cibernéticamente” como un cuerpo único con sus órganos unidos para un fin común de sobrevivencia y crecimiento económico–social, se dio en la década de 1970 durante el gobierno de la Unidad Popular (1970 – 1973). En ese entonces, el Presidente Salvador Allende echó a andar un proyecto llamado Project Cybersyn o SYNCO (por sus siglas en español) para conectar en una única red de telex y ordenadores las empresas nacionalizadas, la CORFO (Corporación de Fomento de la Producción, con una estructura similar al que fue el mayor holding del mundo occidental a principios de la década de 1980, el I.R.I. italiano*) y los aparatos estatales (Medina, 2008: 2, 6, 7). La finalidad era la de manejar centralmente la economía, sus evoluciones y respuestas, con la perspectiva realista de tener previsiones para el futuro gracias a un simulador de cantidades y escenarios que calculara y dirigiera la política gubernamental. Aunque no se llegó a una conclusión definitiva del proyecto, sino que solamente se integró la red de comunicación vía telex, este sistema se manejó parcialmente con cierto éxito para reaccionar frente a la huelga de los transportistas que estaba paralizando al país en el mes de octubre de 1972 (Medina, 2008: 7).
Ahora bien, la evolución moderna de esta maravillosa construcción cibernética, concebida por el ecléctico y brillante intelectual inglés Stafford Beer en esos años, llega a ser, hoy en día, una realidad para uso y abuso de los aparatos de los países y empresas más avanzados, pero no sólo de ellos. Gracias a los complejos sistemas de contabilidad y estadística nacionales, a las redes internas de las burocracias, a los sistemas informativos ERP (Enterprise Resource Planning), los CRM (Customer Relationship Management) y los SCM (Supply Chain Management) de las grandes corporaciones, y también gracias a la misma red de las redes mundiales (Internet), o sea, en resumidas cuentas, con la llamada “nueva utopía del conocimiento” que nos permite tener toda la erudición en nuestras manos (Medina, 2008: 17 – 19; Martínez Rojas, 2008).
Utopías de puro mercado y horizontes temporales
Como lo demostró el precoz e interesante experimento del gobierno chileno, así como hoy lo demuestran los límites de los sistemas ERP dentro de las empresas y los desafíos de los cerebros econométricos nacionales, la realización de un control total, o totalitario, sobre el cuerpo social y el acontecer económico resultó poco conveniente e irrealizable en gran escala. Por lo tanto, se mantiene el mercado como el mecanismo de regulación y transmisión de información más atendible y extendido, aunque a veces sea tan imperfecto y distorsionado, realmente menos espontáneo de los que se plantea, y, por consiguiente, se tienen que prever periódicas correcciones y los necesarios instrumentos de coordinación y integración de sus estructuras y funciones (Grant el al., 2006: 2 – 15).
En otras palabras, hablando de leviatanes y demiurgos impersonales, se puede decir que tanto los mecanismos “espontáneos” del mercado - siempre imperfecto aunque intente lo contrario - como los como los métodos totalizadores de los hacedores de la política económica y social, se pusieron unos lentes sucios para ver la realidad. No sólo la reducción o la distorsión causada por los lentes, es decir, los esquemas de interpretación fijos y de largo plazo, magnificó o redujo la importancia de ciertos factores estratégicos, sino que también la visión de ellos resultó poco clara y ofuscada en cierta medida por las evoluciones más coyunturales, lo que quedó patente con el estallido imprevisto, en el trienio 2007-2010, de la peor crisis económica estadounidense y, por ende, mundial, desde la de 1929.
Finalmente, en el largo plazo, sabemos dos cosas: por un lado, qué estaremos todos muertos como dijo J. M. Keynes (seguramente, no sólo él…) y, por el otro, qué incluso los polos norte y sur se van a invertir entre ellos. Fuera de metáforas, es en el tiempo intermedio de las generaciones que gozan y sufren los procesos económicos y sociales en su ciclo vital, cuando tengamos que plantearnos una referencia concreta para la discusión y la política económica. Es decir, entre dos polos extremos: por un lado, el del largo plazo y de los tiempos históricos en el que ocurren los grandes cambios históricos, y, por el otro lado, el cortísimo plazo de los meses y de los años, en que parece prevalecer la inmovilidad, la idea de que la situación de un país, de una sociedad o de una economía quedan casi iguales a si mismas. En este tiempo efímero, casi no se aprecian los avances y resultados “macro”, y el riesgo es volver a caer en la “fracaso manía”, en la prisa para saltar etapas rápidamente, siguiéndole la pista a las simplificadoras teorías del goteo rostowianas, y en el fenómeno de la sobrecarga de tareas para el Estado, concepto evocado, asimismo, por Albert Hirschman.
Ideas y visiones de Latinoamérica al mundo
Los casos concretos del experimento chileno, de los sistemas de gestión automática de las empresas actuales y de la utopía del mercado “perfecto”, fueron descritos anteriormente como intentos de dominar y simplificar la realidad social y la esfera de la economía: se legitimaron con retóricas consecuentes que fueron como “lentes sucios” para analizar la inserción internacional de la región, su posición en el mundo y frente a su propia historia. Asimismo, cabe destacar y ahondar en otros aspectos acerca de la gran resonancia que los planteamientos estructuralistas y dependendistas tuvieron, a lo largo de las últimas cuatro décadas del siglo pasado, en América Latina y también en las instituciones multilaterales asociadas con los “centros” como el Banco Mundial y las academias europeas y estadounidenses, con un contexto internacional en el que se estaba promoviendo, sobre todo desde los países del tercer mundo, el Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), y la Década del Desarrollo anunciada por la ONU (Kerner, 2005: 260). Por todo aquello, se llegó a hablar de un movimiento estructuralista (Love, 2005: 117 – 119).
En efecto, con la excepción de Chile - un país que, tras dos años (¿o dos siglos?) de crisis y ensayos (1973 – 1975) manejados por el régimen militar, había entrado en una etapa de políticas inspiradas por el monetarismo radical de la escuela de Milton Friedman y de los Chicago boys, a su vez ligados a las facciones políticas de los gremialistas y al ODEPLAN (Oficina de Planificación Nacional) (Huneeus, 2000: 461 – 501) - las ideas y teorías mencionadas arriba siguieron vigentes en muchos países de la región, incluso durante y después de las “décadas neoliberales” del 80 y 90, y tuvieron un eco también en la Europa subdesarrollada con las experiencias de dos ex potencias ibéricas: España y Portugal.
En estos dos países, la tradición académica preexistente, la situación periférica percibida con respecto a la boyante Europa de la C.E.E. (Comunidad Económica Europea), la presencia de regímenes dictatoriales, corporativos y cuasiautárquicos, la cercanía idiosincrásica con las ex–colonias americanas y el contacto de las instituciones peninsulares, tanto con algunos académicos latinoamericanos como con algunos precursores de la Europa oriental y balcánica - como el rumano Mihail Manoilescu (Love, 1996: 392 – 394) - formaron un caldo de cultivo para que hubiera cierta difusión y arraigo de las ideas dependendistas latinoamericanas sobre capitalismo, dependencia, subdesarrollo, sistema mundial y explotación (Love, 2004: 114 – 140).
Al respecto, en el caso mexicano, especialmente en la década de 1970, existió un discurso ambiguo y ambivalente que culminó durante la presidencia del populista y autoritario politólogo Lic. Luis Echeverría Álvarez (1970 – 1976). Internamente, México se había constituido como polo de expansión del monetarismo, sobre todo hacia Centroamérica y el Caribe, con la fundación del CEMLA (Centro de Estudios Monetarios Latinoamericano) en 1952, de un Banco de México independiente y de instituciones universitarias como la Escuela Bancaria y, sobre todo, el ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México, fundado en 1946) con su prestigiosa facultad de economía. Paralelamente y bajo el punto de vista retórico y de proyección de imagen hacia el exterior, se promovieron las batallas del latinoamericanismo, de la solidaridad con el régimen cubano y del antiimperialismo (a pesar de comerciar con los EE.UU. más de la mitad de lo que se producía en el país). México se convirtió en asilo y refugio de los revolucionarios latinoamericanos y de los intelectuales que escapaban de los cruentos regímenes militares del continente, principalmente, del Cono Sur (Meyer, 2000: 31 – 32). Por tanto, el régimen político dominante en el subcontinente, a partir del golpe militar brasileño de 1964 y, desde luego, con la sucesión de los golpes de los setenta en el Cono Sur y en Centroamérica, fue de tipo dictatorial–militar y antidemocrático, y, en el caso mexicano, con partido hegemónico en un sistema autoritario.
Miles de kilómetros más al sur, en Chile, se había establecido la Cepal como polo dialéctico en la academia y la política económica (convertida en un referente para Sudamérica) y como contraparte desarrollista e intervencionista del menos conocido “polo monetarista mexicano”. A partir de los setenta, sin embargo, esa institución quedó paradójicamente marginada dentro de un país dominado por una dictadura que estaba desmantelando el estado de bienestar y a la propiedad pública que había heredado.
“Occidentalismo” y populismo
Las ambigüedades entre prácticas y discursos, entre razón económica y necesidad política, fueron cultivadas y explotadas a fondo por muchos presidentes, dictadores, caudillos y por las elites políticas y económicas a lo largo de la historia republicana de América Latina. Ya entrado el siglo XX, adquieren matices que evocan ciertos aspectos del corporativismo y del nacional – socialismo alemán de los treinta. Hay rastros de militarismo ligados a la “defensa de la patria” y a muchas corrientes del anticapitalismo y del antiliberalismo surgidas en Europa a principios del siglo pasado, notablemente como reacción frente a las guerras, a las imposiciones de las democracias y potencias extranjeras (Inglaterra, Francia, Estados Unidos) y a las crisis económicas mundiales y regionales después de 1929.
En la América Latina de la segunda mitad del siglo XX, para comprender los fenómenos nacionalistas, el populismo, y las peculiares interpretaciones que se le daban a la inserción regional y al vínculo externo, no se pueden dejar a lado los procesos de influencia procedentes de Norteamérica. Principalmente, la apertura hacia el exterior de los recursos y de los mercados y también la progresiva americanización de los comportamientos sociales y de los consumos de bienes, servicios y cultura que se concretizó en la importación e imposición del american way of life. Por lo tanto, fue muy destacado el influjo ideológico estadounidense en la conformación del nacionalismo, de las reacciones teóricas y académicas de esos años, así como de las políticas públicas, los patrones de desarrollo económico y tecnológicos en países tan distantes como Chile y México y, en general, en cada uno de los países latinoamericanos (Guajardo, 2004: 91 – 95).
Una analogía posible para la comprensión del mismo fenómeno, a manera de ejemplo, ha sido establecida, actualmente, con en el mundo árabe pese a su distancia cultural y geográfica. Se pueden identificar numerosos grupos, elites o incluso partidos de origen fundamentalista que son profundamente antidemocráticos y antioccidentales, al fomentar un tipo de retórica nacionalista, religiosa, antiestadounidense y revisionista con respecto a la historia oficial emanada desde occidente, o bien, desde su versión caricatural y simplista que se ha nombrado “occidentalismo”† (Buruma y Margalit, 2004: 5 – 12). Las peculiares precondiciones que hoy están presentes en muchos países de oriente medio que el historiador económico David Landes incluye entre “los perdedores” en la carrera del desarrollo mundial, mismos que no han logrado un desarrollo uniforme o ni siquiera una industrialización, más allá de la extracción o refinación de hidrocarburos y commodities, se vuelven a encontrar en la experiencia histórica de muchos otros países o partes de ellos, en diferentes épocas y condiciones de desarrollo (Landes, 1999: 492).
En este sentido, hay características de ciertas regiones del mundo actual que ya se han dado históricamente en las demás, por ejemplo en muchos países de América Latina con desarrollo “intermedio”, según pautas bastante similares y, por consiguiente, se han vuelto a proponer algunas problemáticas y procesos político – sociales relevantes y conocidos. A saber, rasgos como el baby boom demográfico con la consecuente expansión de la matrícula universitaria y de los lugares de reunión, la falta de incorporación económica de una mayoría joven más educada y urbanizada que antes, el ingreso masivo de la economía de mercado y de la “modernidad occidental” en un contexto de pobreza y desigualdad de oportunidades y distribución de la renta, la escasa consolidación del aparato estatal e institucional, entre otros, han ido favoreciendo la incorporación a las causas más radicales, revolucionarias e fundamentalistas de una masa creciente de jóvenes y universitarios, a menudo educados en el exterior, lo cual es una práctica bastante común entre sus vanguardias combatientes e ideológicas más preparadas y conocedoras de las entrañas del “enemigo” (Cousiño, 2001: 198 – 199). En estos contextos, se presentan variables y procesos que, si bien están condicionados por la fase histórica, la cultura y un sinnúmero de factores locales, tienen rasgos comunes y sirven de ejemplo y modelo para el análisis tanto de Latinoamérica como de otras regiones. Por eso, he citado los ejemplos de América Latina frente al mundo, con sus interpretaciones de la relación externa y de las relaciones económicas mundiales, pero también a la Europa de entre las dos Guerras mundiales y a parte del mundo árabe actual.
Sólo para mencionar otras analogías y unos casos recientes, México y Colombia en su lucha contra el narcotráfico, los Estados Unidos de la “guerra contra el terror” en la era de G. W. Bush, para llegar también al caso del Chile de Pinochet, con la difusión de la idea de que se estaba en un “país partido por una guerra de clases” (come decía Allende) y que, entonces, había que luchar contra el “comunismo” a toda costa (Cousiño, 2001: 199), la construcción de enemigos, guerras y rivales cumplió y cumple con la función de aglutinar y cohesionar a los pueblos y a las clases que apoyan al proyecto político en marcha, al crear emergencias nacionales comunes de origen externo, ocasionadas por los países vecinos o por alguna potencia emergente o no alineada, o de índole interno, posiblemente causado por el descuido de la administración anterior o algún grupo “subversivo”. Son, finalmente, procesos acompañados de poderosas metáforas al servicio del poder o de sus antagonistas, en fin, de grupos e ideologías particulares.
En este sentido, cabe establecer una comparación entre el caso chileno y el mexicano, aquí esbozados, en lo referente a las experiencias del populismo que es un concepto cuyo uso se ha extendido y, de esa manera, se ha hecho más ambiguo o instrumental. Sin embargo, nos ayuda todavía a definir ciertas pautas de comportamiento y de reacción de las elites políticas nacionales frente a los cambios generados, más o menos abruptamente, por ciertos fenómenos, experimentados en épocas diferentes, como el ingreso de la modernidad capitalista y, a veces, por la o las revoluciones industriales sucesivas e incompletas en sociedades básicamente rurales y muy estratificadas. Finalmente, se trata aquí del populismo, como fenómeno político que se da, en su versión “clásica” en América Latina, por ejemplo, con los gobiernos de Arturo Alessandri en Chile (1920 – 1924), Lázaro Cárdenas en México (1934 – 1940), Juan Domingo Perón en Argentina (1946 – 1955 y 1973 – 1974), Getulio Vargas en Brasil (por periodos, entre 1930 y 1954) y luego, en una segunda etapa, también con los mandatos de Luis Echeverría en México (1970 – 1976), de Alan García en Perú (1985 – 1990) o del mismo Salvador Allende en Chile (1970 – 1973). Los mencionados gobiernos tienen rasgos comunes, al referirse y encontrar apoyo en las nuevas masas populares urbanas, emigradas de un campo cada vez más improductivo y descuidado para convertirse en mano de obra para la incipiente industria (la nacional y la extranjera implantada en el país como resultado de la ISI). Eran elites y personajes carismáticos que supieron cómo separar hábilmente las retóricas inflamadas contra los Estados Unidos y contra el capitalismo de sus intereses comerciales vitales, tanto para las empresas protegidas bajo el amparo estatal como para aquellas que exportaban los recursos naturales básicos y algunas manufacturas; no obstante, favorecieron, en la mayoría de los casos, una política de gasto público clientelar con enfoque de breve periodo y más distributiva que productiva en el mediano plazo (Monteón, 2005: 62 – 64). Por cierto, ciertas praxis y sus discursos legitimadores siguen de pié, vivos como la dependencia real del exterior y también la imaginada. Contrapuesta a la versión clásica del populismo, existiría también una vertiente moderna, típica de la época neoliberal, de la que nos habla Steve Ellner para los casos, por cierto muy distintos, de Alberto Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela (Ellner, 2004: 13 – 37). En el primer caso, se identifica un discurso populista y prometedor para las clases populares con la victoria de un outsider, el anti-político, pero sin efectiva redistribución de la renta ni de algún recurso económico nacional eficaz y disponible para cumplir. En cambio, en el segundo caso, se identifica una estructura más cercana al tipo clásico, en el que se da una efectiva redistribución de la renta y unas mejoras para una sección importante de las clases subalternas, organizadas en clientelas y corporaciones cada vez más integradas en una economía estatal que goza de una expansión constante financiada por la economía del gas y del petróleo.
Consideraciones finales
El uso de la metáfora de los lentes sucios para describir las formas de insertarse en el contexto internacional y, sobre todo, la manera de interpretar y ver esa inserción, así como la relación externa, planteada desde América Latina, sustenta la idea de que las ciencias sociales tienen unas tareas imprescindibles y fundamentales para analizar y acompañar los procesos sociales, políticos y económicos. Eso es más evidente en entornos sociales más urgidos de evidencias, propuestas de soluciones e investigaciones a causa de su retraso y desigualdades. En particular, los “servicios” y la claridad del análisis social deben tender a colocar históricamente los fenómenos y relacionarse con la militancia, quizás orientándola pero sin idealizarla. Es urgente definir los problemas de la manera más exhaustiva posible y plantearlos según criterios de utilidad social y prioridades compartidas, con la conciencia de que no siempre y no necesariamente se van a resolver de esa manera o con un revolvimiento general o una “teoría total”. La academia, si bien nunca podrá ser neutral, puede contribuir enérgicamente a la construcción de un conocimiento que, por lo menos, pase por muchos lentes distintos para mejorar su visión, que pase por enfoques abiertos a la confrontación con el mundo externo (los otros sectores de la sociedad, especialmente el político y los movimientos, las otras disciplinas, las academias de otros países, etc…) y menos encerrados en ciertas formas de autarquía propiciadas por parte del latinoamericanismo universitario.
Notas
* Véase para una breve historia y cronología del Instituto de Reconstrucción Industrial de Italia:
http://www.dse.unive.it/storia/sem07.htm (nota histórica extraída de Amatori F. y Colli A., (1999), Impresa e industria in Italia dall’Unità a oggi, Marsilio ed., Venezia;
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=22682 (nota del El País de Madrid acerca del cierre de la paraestatal italiana);
http://www.iri.it/ (página con archivos históricos de documentos y fotos en línea).
† El occidentalismo sería un movimiento hacia una mistificación y trivialización del conjunto cultural e histórico definido como “occidente”, con sus orígenes judío – cristianas. Por ejemplo, es notorio el caso de la negación del holocausto defendida por el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, elegido en 2005 y cuyas posturas han sido duramente contestadas por las Naciones Unidas (entre otros):
http://www.adnmundo.com/contenidos/politica/holocausto_onu_condena_negacion_pi_260107.html
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1 Maestro en Economía y comercio, Univ. L. Bocconi de Milán – Maestro en Estudios Latinoamericanos y Doctorando en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México.
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